Expropiar, estatizar y hacer amigos autócratas

Aquellos banderazos quisieron ser un freno definitivo. No lo fueron. Estos nuevos ensayos de radicalización todavía no registran réplicas en la calle como las puebladas que impidieron, por caso, la estatización del grupo Vicentin.

La historia no se repite, pero hay tendencias que regresan. Es lo que habilita la posibilidad de que la regresión de Cristina Kirchner ya haya empezado a construir una diáspora similar a la que la alejó del poder en 2015. La vicepresidenta vuelve a golpear el consenso democrático de 1983 y, todavía más, embiste contra los cimientos mismos del acuerdo que hizo posible la constitución de la Argentina en una nación. Otra vez, Cristina fuerza los principios de la república de fines del siglo XVIII que derivaron en democracias pluralistas.

En forma cada vez más evidente, el kirchnerismo defiende su preferencia por la autocracia y por una forma incierta de estatismo y control sobre la economía. A la hora de definir cuál es el modelo o el tipo de régimen político que prefiere, es mejor no simplificar. Alcanza con saber que es una redefinición drástica de acuerdos sobre valores y reglas aceptadas por los actores políticos, sociales y económicos del país.

Cristina avanza y nadie parece contradecirla dentro de su propio espacio, el peronismo reunificado. Sus directivas y discursos son más notorios por el silencio que los envuelve. ¿Todo el oficialismo calla y otorga? Mejor, simula estar de acuerdo. Que no haya reacciones visibles no supone que cada vez sea más evidente el desacuerdo.

Esta semana, el segundo discurso de la vicepresidenta sobre la necesidad de reformar el sistema de salud hizo reaccionar a las empresas de medicina prepaga. No es el primer sector sobre el que ella descarga su inocultable vocación de control, cuando no su intención de traspasar empresas al Estado o a manos amigas y cercanas.

La bomba que descargó Cristina (ya lo había dicho en diciembre pasado) tiene un especial impacto en el otro tercio del sistema: las obras sociales sindicales.

El avance del kirchnerismo empezó por la colonización total del peronismo, ensayo en el que ya fracasó sin por eso abandonar su vocación hegemónica. Es precisamente esa actitud la que pone en guardia a los sindicalistas, que, sin mayores controles ni alternancia democrática, manejan fondos extraordinarios desde los años en los que el dictador Juan Carlos Onganía les hizo ese regalo.

En medio de una pandemia que lejos está de terminar, la reforma del sistema de salud es un punto de fuga clásico en el esquema kirchnerista. Con las elecciones en el horizonte y encuestas que presentan un arranque de campaña adverso, Cristina ya eligió en quien descargar las culpas de los desmanejos del Gobierno y por la precariedad del origen del sistema de salud.

La condena a la medicina privada es el dato que sirve como recurso de campaña para ocultar las responsabilidades propias. Ya se verá si la reforma queda en eso o se convierte en un proyecto a imponer en el Congreso.

En Avellaneda, con una ordenanza que habilita la expropiación de terrenos y desconoce el elemental derecho constitucional a la propiedad, acaba de abrirse un ensayo que pone en cuestión un acuerdo esencial para cualquier sociedad. La propiedad es otro valor que el kirchnerismo se empeña en relativizar con excusas diferentes. Como en el caso de Vicentin, Cristina y sus muchachos siempre operan las resistencias a su modelo de control a puro ensayo y error.

Así, el crónico déficit habitacional del país pasa a ser responsabilidad de quien decidió invertir en un terreno antes que de la ausencia de políticas que faciliten el acceso a la vivienda. Para el kirchnerismo, el mal siempre está en el otro.

El experimento en el municipio bajo el mando del ministro de Desarrollo Territorial y Hábitat, Jorge Ferraresi, no es otra cosa que un globo de ensayo a escala municipal. Es un experimento que se había insinuado antes con las propiedades agropecuarias. Juan Grabois ya demostró cómo una estancia puede ser usurpada para poner en marcha una plantación de perejil.

El kirchnerismo no sorprende. Repite lo que ya hizo y trata de hacer lo que adelanta en sus discursos. La preferencia por los regímenes autoritarios es una expresión de la indigestión que le provocan a Cristina las sociedades políticas abiertas, en las que el poder cambia de manos y un sistema político respeta reglas que no se modifican. La libertad de expresión o la independencia del Poder Judicial, por ejemplo.

Es en ese contexto que nuestro nuevo lugar en el mundo es fácil de registrar, pero difícil de digerir. Basta con leer a quién apoya la Argentina en los foros internacionales. Entre Israel y Hamas, el oficialismo prefiere al grupo terrorista que controla una parte de Palestina. En Perú, el kirchnerismo saludó la llegada de un personaje insólito antes de ser formalmente consagrado. Cuando mira a Chile, el oficialismo festeja el triunfo de los sectores más radicalizados, que jaquean un modelo político pluralista que, a pesar de que no ha logrado limitar la desigualdad, sí ha sacado a mucha gente de la pobreza. Si no hay violaciones de los derechos humanos en la dictadura venezolana, tampoco es condenable que en Nicaragua detengan a todos los opositores al presidente Daniel Ortega. La amistad con el autócrata ruso Vladimir Putin encaja a la perfección en ese esquema, como la admiración por el régimen político chino, que los propios chinos se empeñan en no exportar para no enojar a sus potenciales socios en todo el mundo.

La lenta decadencia argentina sufre así una aceleración que parece un regreso al pasado. Lo que sugiere, en verdad, es un salto al vacío.

Fuente: POLÍTICA | https://www.lanacion.com.ar/
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